En el mundo de los negocios, el ‘lobbying‘ es clave. Se generan contactos, se sellan acuerdos y se trazan planes que, en teoría, deberían traducirse en acciones concretas. Pero cada vez es más común un fenómeno que mina la credibilidad de muchas industrias: la falta de palabra. Personas que en reuniones aseguran su compromiso con proyectos, pero que, una vez fuera, desaparecen sin dejar rastro, ignorando mensajes y evadiendo llamadas.

Es un guion repetido. En medio de conversaciones de alto nivel, algunos se apresuran a decir “cuenten conmigo”, “llámame”, “vamos con todo” o “esto es prioridad”, pero al momento de la verdad, ni aparecen ni responden. Peor aún, cuando se les busca para dar seguimiento, aplican la estrategia del silencio: dejan en visto los mensajes, evitan responder llamadas o simplemente se esfuman. Más allá de ser una molestia, esta actitud erosiona la confianza y afecta el desarrollo de proyectos que dependen de esos compromisos. La palabra dada debería tener peso, porque en los negocios, como en la vida, lo que se promete se cumple.

Pero antes de seguir, aclaremos algo. ¿Qué es el bluff? Pues nada más y nada menos que una fanfarronada, una promesa inflada como un globo de feria que se revienta en cuanto la tocas. El blof (del ingl. Bluff, apariencia, engaño), es el arte de aparentar que algo va a suceder cuando, en realidad, no hay ni la más mínima intención de hacerlo. Y luego está el ‘lobbying’, que en su esencia debería ser un ejercicio legítimo de gestión de intereses, pero que en manos de los “blofistas” se convierte en una tragicomedia de compromisos falsos, fotos estratégicas y discursos dignos de un Óscar a la mejor interpretación de “Yo sí cumplo”.

Las razones pueden ser muchas, pero algunas explicaciones recurrentes incluyen la presión social, que lleva a algunos a decir lo que el otro quiere escuchar sin intención real de cumplir; la evasión del compromiso, que los hace desaparecer en lugar de enfrentar la realidad de que no pueden o en la que no quieren participar; la falta de profesionalismo de quienes ven el networking como un juego de apariencias y no como una oportunidad seria de construir relaciones duraderas; y la cultura del «ghosting», que ha normalizado la idea de ignorar mensajes sin consecuencias, incluso en el ámbito profesional.

El daño de estas actitudes es tangible. Se deterioran relaciones, se mina la confianza y se cierran puertas a futuras oportunidades. Un profesional o empresa que no cumple sus compromisos tarde o temprano se gana una mala fama, y los proyectos pueden retrasarse, generar pérdidas económicas o simplemente cancelarse. Aunque no se puede evitar que existan quienes prometen sin intención de cumplir, hay formas de minimizar su impacto. Formalizar acuerdos, evaluar con quién se negocia, establecer seguimientos claros y aprender a descartar a quienes empiezan a evadir son estrategias clave para no perder tiempo ni recursos.

El networking y el lobby no deberían ser solo un desfile de promesas sin fundamento. La confianza y la reputación se construyen con hechos, no con discursos vacíos. Y aquí es donde el problema se agrava: no solo son individuos los que juegan a este juego de apariencias, sino también empresas e instituciones que convierten el lobby en una farsa politiquera. No buscan generar impacto real, sino aparecer en la foto, maquillar informes y simular cumplimiento de planes empresariales o gubernamentales. En realidad, solo hacen lo que les conviene, sin importar lo que verdaderamente beneficia a la comunidad empresarial.

A veces da la impresión de que estos personajes son parte de una especie en peligro de extinción: la del “comprometido de palabra”. Pero no, siguen ahí, reproducidos en cada evento, cóctel o reunión. Se pasean con su discurso ensayado, con la sonrisa de quien está a punto de prometer lo imposible, listos para desaparecer con la misma facilidad con la que levantaron su copa para brindar por un acuerdo que nunca se materializará. ¿Y qué hay de los informes que elaboran algunas instituciones para demostrar que están cumpliendo? Oro puro. O, mejor dicho, papel mojado. Nos hablan de avances que nadie ha visto, de alianzas que nunca llegaron a firmarse y de proyectos que, al parecer, se ejecutan en un universo paralelo donde todo funciona… menos la decencia.

El problema es que esta falta de compromiso no solo deja proyectos inconclusos, sino que golpea con dureza a los pequeños empresarios, quienes quedan sin respaldo y enfrentan frustración, desgaste emocional y hasta problemas de salud mental. Es como si les vendieran un boleto para un vuelo que nunca despega. Y la falta de palabra no es un simple olvido: es un engaño, una traición a la confianza y, en muchos casos, una estafa encubierta. Es momento de exigir respeto y devolverle valor a la palabra. Porque sin coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, no estamos ante negociaciones serias, sino ante un show de apariencias.

Pero no todo está perdido. Es justo reconocer y celebrar a aquellos que, con educación y honestidad, saben decir “no” a tiempo, que ofrecen caminos viables en lugar de falsas ilusiones y que respetan a las personas y sus causas. Son esos profesionales íntegros los que entienden que cada propuesta representa el esfuerzo, el talento y el sustento de quienes la presentan. A ellos, todo el reconocimiento, porque su palabra sí tiene peso y su ética es un activo invaluable. Como bien dice el dicho: «Mejor cerrar una puerta con franqueza que dejarla entreabierta con falsas esperanzas».

Al final, bien lo dice el refrán: “Perro que ladra no muerde”. Pero en el mundo del lobby, el problema no es que no muerdan, sino que ni siquiera traen dientes.

Ghosting: El término proviene de la palabra inglesa ‘ghost’, que significa «fantasma» y se refiere a «desaparecer como un fantasma» Bluf y blof son las adaptaciones gráficas del anglicismo bluff.

Fuente de Imagen: Las Aventuras de Pinocho Carlo Chiostri 1901

Leave a comment